Mañana dolerá.


La caída. El alucinante proceso que lejos de descripciones clichés, no ocurre en cámara lenta.
Alcanzas a percatarte del motivo del desastre y luego estás en el piso. Así nomás.
Intentas darte crédito al apoyarte en las manos y no golpearte la cabeza, pero lo cierto es que todo el trabajo lo hace el cuerpo.
En medio segundo tu organismo completo se deja depositar, reposar – como muy pocas veces – por la fuerza de gravedad en todo su esplendor.
A veces duele. Y viene la sangre coagulada bajo la piel, los moretones, los chichones y los rasmillones. Eventualmente también, uno que otro diente por el piso más un breve reguero de saliva y sangre, o un pedazo de tejido adiposo atrapado entre las asperezas del asfalto.
Sin embargo, lo que más dura es el sobresalto. Aunque no por alguno de los desafortunados eventos previamente mencionados, si no por lo ajeno que se nos es perder el control de nuestra propia adherencia al suelo.

Por lo ajeno que se siente volar, quizá. 

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