Los cactus con forma de alcachofa.


Evoco el parrón de mi bisabuela bajo el cual jamás me senté cómodamente y evoco también esos días en que la infancia era tan plena, deliciosa y serena que no había realmente necesidad de sentarse cómodamente en ninguna parte. Porque el mundo entero era una gran y cómoda superficie sobre la cual descansar con las rodillas pobladas de costras.
En su lugar, iba a molestar a las gallinas, a romper nueces al lado de la puerta de la cocina y a robarme las galletas de los pocillitos de mantequilla en que comían los gatos callejeros.
Recuerdo el estero, la neblina que subía por las noches, el rugido esporádico del león desde el zoológico vecino y la pintura color salmón que se descascaraba de la casa casi con parsimonia. 
La inconciencia y cotidianidad de la despreocupación era hermosa.
Esa niñita que con las manos sucias y las mejillas sonrosadas se martillearía un dedo sin querer, al no achuntarle a la nuez, lloriquearía un rato pero después la bisabuela le dejaría jugar con sus cosméticos.
Sin saberlo, se pintaría las uñas en un mundo ficticio en que ni la bisabuela ni la casa de Quilpue existirían. En que una mirada de soslayo sería más dolorosa que un par de dedos morados. En que las gallinas se transformarían en anónimas proveedoras de supermercados. En que las nueces valdrían ocho mil pesos el kilo. En que la casa sería propiedad privada y ajena, las tablas reemplazadas por piso flotante, el estero desviado y el parrón ya no daría sombra. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario