El de la otra vez.

Lo vi al costado de un restaurante. Esperando.
Un niño de entre trece y catorce años. Pero no de los de hoy, no de los que se las dan de grandes y se llenan la boca de garabatos y mugre que sale en la tele. Sino de los de antes. De los que todavía preparaban el regalo de navidad a principio de año, de los que usaban las mismas zapatillas de deporte para la vida diaria y de los que todavía desayunaban estrellitas en vez de café con endulzante.
Esperaba, con evidente nerviosismo y ansiedad mirando en todas direcciones, con su mejor chaqueta de hombre al hombro: esa chaqueta que la mamá le da para que no le dé frío y se vea bonito mijo, para que la niñita vea que usté tiene una mamá preocupada.
Esperaba, y en su mirada nerviosa de aquí para allá y su postura extraordinariamente erguida y poco casual, pude reconocer la agonía de las primeras “citas”, que ni citas tenían que ser porque bastaba la primera junta a tomar helado con la mejor amiga para generar ese nerviosismo incómodo que la sociedad impone a un momento a solas entre niño y niña.
Ese sudor frío entre lo que los demás esperaban de ti y lo que realmente querías hacer: tomar un helado, comer papas fritas con la boca abierta y conversar tranquilamente de Manuel, que se había sacado un tres ocho en lenguaje y no sabía pronunciar le letra eñe.   
En medio de su nerviosismo, reconocí en él también, ese momento en que los niños son notoriamente más niños que las niñas de su edad. Quiénes ya se sienten como capullos en flor y se mueren del entusiasmo de usar sostenes con fierritos porque, aunque no haya mucho que afirmar todavía (y puede que nunca) esos son los que usan las mujeres. Mientras que los niños todavía son niños y se pegan patadas y las mamás les compran la ropa.
En el nerviosismo de su vaivén con los pies y la mirada en todas direcciones, al costado del restaurante – un restaurante informal. Ideal para aquella terrible primera cita – imaginé a la niña que, quizá, debía encontrarse con él y que lo tenía esperando ya por veinte minutos.
Quizá era bonita, quizá no. Quizá le gustaba, y si no, el hallarse repentinamente allí con el pulso acelerado, sabiendo que tendría que pagar por ella todo lo que consumieran, le haría confundirse y dudar, por un instante, si realmente la quería o no sólo como una amiga. Gastar el dinero semanal en ella debía significar algo ¿no?
Por un instante imaginé que la niña no llegaba. Y, del mismo modo, la imaginé en su casa riendo: “todavía debe estar esperándome” diría, y la mamá reiría con ella porque esa es la actitud con la que le iría bien en la vida.
Las niñas y las mujeres somos malvadas, quizá por eso mismo no tengo demasiadas amigas y me gusta así.

Yo no había ido allí por él, había acudido por mis propios quehaceres por lo que no podía quedarme todo el día contemplando su nerviosismo ni compartiendo sus emociones por medio de aquél imaginario canal telepático.
Entré al mall y le deseé mentalmente suerte, de esos deseos de suerte genuina, como cuando se la deseas a un hermano de la fraternidad de los incómodos.

Realicé mi vida. Y alrededor de cuarenta minutos después, mientras esperaba a una amiga al otro lado del edificio, apaciblemente sentada en esos banquitos en los que poca gente se sienta en serio: volví a verlo pasar.
Iba solo, a paso veloz y con un caracho de metro y medio, prácticamente arrastrando por el piso el cortaviento que la mamá le había comprado con tanto esmero.
Quizá no fue así, pero en mi mente con afanes narrativos al muchacho lo habían plantado, tan terrible como por un instante había pronosticado al verlo. Y me apenó, porque sentí que genuinamente era uno de aquellos niños inusuales que no merecen dolores en el corazón, menos a tan temprana edad.
 Si no hubiese ido tan apresurado a alguna parte, me habría gustado haberle invitado un helado y haberle dicho que no era el único que se sentía raro ni ajeno en este mundo. Haberle contado, también, todos los fenómenos relativamente normales que se dan a aquella edad. Dándomelas de una vieja sabia de dieciocho – casi diecinueve - años.
Pero no pude. Quizá aquél fue error mío. Y me apenó.
Porque lucía de esos niños que serán grandes personas, pero que sufrirán toda la vida por ser demasiado buenos y esperar demasiado tiempo a los costados de restaurantes informales.

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